Otro de los Nuestros
Por: Diego Barracuda I 15 Mar 2010
Es común encontrarse con objetos muy particulares en los taxis que recorren el Gran Área Metropolitana. Entre los más notorios que he logrado ver está el típico ventilador de prensa para el calor, los manteles en el dash con la colección de figuritas religiosas, los clásicos zapatos de bebé o los dados que cuelgan del retrovisor, y en los casos más tecnológicos con las pantalla de televisión. Un viernes, cuando me dirigía a Barrio México para tomar un bus hacia Ciudad Quesada, me subí a uno que tenía una banderita que me hizo sentir identificado: la de la Asociación Deportiva San Carlos.
—Está de más preguntar, ¿Verdad? —Le dije luego de darle la dirección hacia donde me dirigía—. Pues sí mi hermanillo, soy aficionado al equipo que juega en El Coloso de San Martín: El Carlos Ugalde Álvarez, a pesar de que hace casi diecisiete años me tuve que venir a bretear a Chepe. Uno tiene que buscar la mejor solución cuando se tiene un hijo y se quiere seguir adelante, para ese tiempo fue lo mejor que podía hacer, aunque tuve que dejar el pueblo —el chofer tenía entre treinta y cinco y cuarenta años, por lo que se vino a trabajar bastante joven para mantener a su familia.
La presa en Barrio Amón era exagerada y casi daba la vuelta en la esquina de Café Mundo, por lo que, siguiendo la conversación pregunté: —¿Sigue dándose la vuelta por allá? —me miró por el retrovisor y con una expresión de anhelo en su cara me comentó: —Ojalá mae, si acaso una vez al año me queda un chancesito para visitar a mis tatas en Ciudad Quesada pero uno no puede descuidar el brete. A finales de los noventa si me daba una escapadita, es más, me juntaba con Los Titanes para ir a cantarle al equipo, no era de ese grupo pero igual se vacilaba. Después me iba con los primillos a La Jarra, pero en ese tiempo yo era el chofer de un taxi ajeno entonces tenía más tiempo. Gracias a Dios me hice de uno propio en el año dos mil, y por falta de confianza todavía no contrato a nadie. Hay que llevar la jama a la casa y para eso hay que trabajar mucho.
Llegando a Barrio México, frente al Museo de los niños, me dijo: —Vea manillo, yo veo que usted también viene a pulsearla a San José pero tiene el chance de ir a visitar a la familia —le di la razón—, aproveche esas oportunidades y disfrute de estar en el pueblo por que ahí todavía se pueden hacer cosas que acá le valen a uno hasta la vida. Es más, haga algo y le dejo el viaje más barato —me dijo riendo—, cuando pase por el parque, camine entre las estrellas que están en la acera frente a la Catedral, como hacía uno de chamaco. Y si tiene novia, invítela un domingo a un helado de la Dos Pinos y se lo comen en los poyos, por mí—. Me comprometí al menos con llevar a mi novia por el helado, por que iba a parecer loco caminando por las estrellas del parque(me guardé ese comentario).
Llegando le pedí que se parqueara frente al bus para que no se fuera sin mí. La maría marco mil setecientos, pero lo dejó en rojo y medio. Quizá por el poco tiempo de haberme ido a la capital no me era posible comprender el sentimiento tan grande del chofer por su pueblo, pero ese día, me fui con más ganas para San Carlos.












¡Qué historia mae!
¡Y qué genial toparse con un taxista sancarleño en Chepe!
Una vez, viviendo en San Jochepe conocí a una señora que era fanática de los toros del norte. Sorprendido de tal maravilla (una josefina que iba con el mismo equipo que yo) le pregunté si había nacido en San Carlos o si tenía familia allá. Ella respondió que no. Simplemente, la cosa era que el goleador del campeonato del 83 aparecía a cada rato en los medios y ella se enamoró de su jugador estrella y por rebote del equipo en el que jugaba.
Evidentemente, la historia en particular es muy buena, ya que el señor a pesar de la lejanía, mantiene el cariño por su tierra y por el equipo de la zona. Como uno, le toca escuchar los partidos por radio en muchas ocasiones.
Con respecto a lo otro, la verdad uno empieza a apreciar y a querer las cosas cuando ya no las tiene. Es decir, la gente que vive allá muchas veces no se da cuenta de la cosas bonitas y agradables de vivar cerca de los seres queridos y de los centros sociales del pueblo y ciudad. Claro está si nos vamos a vivr a CQ nuevamente, empezamos a ver que no todo es tan bonito, nada es perfecto. En el caso de Jaguar, la va mucho mejor porque vive en una zona maravillosa como San Vicente. Yo llevo muy poco tiempo de vivir en chepe, de momento no tengo intenciones de regresar a CQ, pero me siento contento cuando voy para allá, ver a mi familia, al equipo, una mejenguita o unos fresquillos. No tiene precio.
Por desgracia yo ya llegué a esa etapa melancólica…
uyyyy Diegox, hasta que sentí un baldazo de melancolía… pues sí, después de varios años de vivir en San José, cuando pasan 3 meses sin venir al pueblo se le hacen a una como un siglo. Gracias a Dios , después de nueve años en San José ahora puedo trabajar en San Carlos y lo mejor vivir en San Vicente!
Mae x lo menos chepe no esta tan largo del pueblo yo llevo 2 años aqui perdido en tamarindo en guana.vieras q falta me hace el pueblo cuando veo las mejengas de los toros.mas q todo el barrio de los guapos San Martin