Desde que tengo memoria Costa Rica ha sido caracterizada por su famoso eslogan “Pura Vida”, a partir de esta célebre frase, tan criolla y tan nuestra, siempre imagino al humilde agricultor que detiene su labor en sus sembradíos para sonreír, y asentir con su dedo pulgar, para un anuncio de algún candidato presidencial en su carrera política. Con todo y chonete, camisa sucia, y culantro en mano. Desde luego, parecemos un país sumamente feliz – o el más feliz del mundo, como absurdamente nos han querido elogiar – sin embargo siempre detrás de esa blanda sonrisa y la frescura de nuestro “pura vida”, he sentido la presencia y el peso de nuestro maldito conformismo.
Y es que ¿a quién no le encantaría vivir una pura vida? O mejor dicho, una vida pura. Para realizar la autopsia del verdadero contenido de esta expresión de antaño, que no sabemos ni cómo ni cuándo se originó, basta con deslizar cuidadosamente el bisturí en medio de las dos palabras que la componen: la pureza y la vida. Siendo lo más positivo posible, concluiría que a partir de esto buscaríamos que todo a nuestro alrededor se inyecte de ambas.
Pero en un país donde – se supone – nacemos con esto en nuestro ADN cultural, y en cierto punto aspiramos a que nuestras desdeñosas existencias se inunden de este par de palabras simples, deberíamos de ser un país idiosincráticamente sobresaliente, y en este caso el fin no ha justificado los medios. Ni los medios han alcanzado el fin.
Porque “pura vida” no ha logrado ser motivación, sino que terminó siendo justificación para que “todo esté tranquilo” y para que “no precise”.
Nosotros los conformistas costarricenses somos personas con una mixtura de culturas envidiable a la cual deberíamos de estarle sacando provecho desde antes “del tiempo de Dios”. Somos alfabetos, somos bilingües, y somos competentes. Pero de forma colectiva aprendimos a llevarla suave, a identificarnos con camaradas igual de “satisfechos” y serruchar el piso a quien sobresale.
Del otro lado basta con echar un ojo a alguna personalidad de nuestra historia, tal como Franklin Chang. ¿Qué niño no soñó alguna vez con ser astronauta y conocer el espacio? Mientras que uno de esos niños – en la medida de lo posible- igual que los demás decide poner en marcha su sueño, y actualmente trabaja en pos del desarrollo del planeta entero. Y nos sorprendemos de ver un tico en la NASA, lástima no sorprenderse igual de ver a otro “genio” costarricense – con su calva y su semblante que despierta curiosidad – compareciendo en un salón ocupado por otros cuantos conformistas más, porque permitió que su “pura vida” se mezclara con los intereses personales, y la ambición de poder y dinero lo llevaran a desperdiciar su capacidad; porque mientras cada quien esté bien, mientras cada quien lucre a su gusto, lo demás deja de importar.
Y lo peor de todo es que lo disfrutamos. Celebramos cuando nos anuncian como el supuesto país más feliz del mundo. Celebramos cuando algún pulpero de barrio evoca el hito deportivo de la selección nacional en el mundial de futbol de Italia 90, y se nos eriza la piel y aguantamos las lágrimas por aquello que sucedió hace 22 años, porque desde entonces la historia se tiñe de gris. Es injusto para los cuantos que luchan por superarse, como nuestro atleta emblema Nery Brenes, quien tuvo que ganar hasta hastiarse para lograr conseguir un patrocinio digno de su talento. Y celebramos cuando un ministro es destituido, porque “ya sabíamos lo que era”.
¿Pura vida? Pues no, pura vida nada. Pura vida no es vida pura. Tal como Marx se expresara de la religión, el “pura vida” es el opio de nuestro pueblo que alivia nuestra mediocridad masiva. Y si nos empeñamos en su vacio consumo – y no en su virtud – la preocupación va a seguir pasando de lejos, y lamentablemente el éxito será su compañero de viaje. Pero del otro lado de la desgracia, todo va a seguir estando “pura vida”. Los firmes y honestos seguirán siendo exitosos en su mundo. Y los sonrientes se cruzarán de brazos a esperar que “sea lo que Dios quiera”.



